Lucha por amor, no por odio

Escrito por renacimientogotico 19-11-2015 en Política y Sociedad. Comentarios (0)

Los últimos atentados perpetrados en París por el Estado Islámico han despertado la lógica reacción de indignación, rabia y odio hacia quienes los han cometido. Lo cierto es que Europa lleva mucho tiempo en guerra, una guerra que estamos perdiendo y que ahora, cuando se producido este infame y brutal atentado en el corazón de Francia, muchos europeos han comenzado a percibir la realidad. Europa clama venganza pero a la vez tiene miedo y está terriblemente desinformada de por qué ha ocurrido lo que ha ocurrido, de cómo evitar que se repita y aún de quién es el enemigo.

Identificar al Enemigo

Después de asumir que estamos en guerra, el primer paso es identificar correctamente al enemigo. El integrismo islámico es sólo una de las cabezas que tiene la hidra contra la que luchamos. Conviene aclarar la diferencia entre árabe, musulmán, integrista y terrorista. Los árabes son una etnia perteneciente a los pueblos semitas (como los acadios, los asirios, los caldeos o los hebreos, entre otros) originaria de la Península Arábiga y cuya presencia se extiende por el Próximo Oriente Asiático y el Norte de África. Hay árabes musulmanes, cristianos, ateos, agnósticos o incluso seguidores de su religión nativa, que en su reconstrucción moderna recibe el nombre de wathanismo (podéis encontrar más información sobre la vieja religión árabe aquí y aquí). Eso quiere decir que ser árabe no te vincula necesariamente con ninguna creencia o ideología, de hecho el nacionalismo árabe o panarabismo, que aboga por la unidad política de todos los países árabes, es fundamentalmente laico. Los árabes NO son nuestros enemigos, es más, pueden ser aliados potenciales. El pueblo árabe es el que más ha sufrido el islam de todos los pueblos, pues arrasó su cultura ancestral y destruyó su vieja religión. Por otro lado, un musulmán no necesariamente es árabe, puede ser persa, turco, chino, malayo, sudanés… o europeo, como el caso mayoritario de los albaneses, los bosnios o multitud de conversos de toda Europa.

Dentro del islam, religión monoteísta, universalista, dogmática y totalitaria que para nada es deseable en Europa, existen numerosas corrientes. Hay que perder el miedo a no ser políticamente correctos y criticar al islam como sistema de creencias y como ideología del mismo modo que podemos criticar el fascismo, el marxismo o cualquier ideología por muy sagrada que esta sea para quienes la practican o defienden. El islam en mi opinión, no es deseable en Europa, como no lo es el cristianismo ni ninguna religión relevada, monoteísta, proselitista y dogmática. No existe esa diferencia que hacemos entre “islam moderado” e “islam radical”, los musulmanes no la hacen. Para ellos la diferencia es entre ser musulmán o no serlo, si uno es musulmán acepta el Corán y una serie de preceptos, sino los acepta no es musulmán. El islam se basa en la revelación de Mahoma, ese mensaje revelado que se conoce como el Dîn, la senda por la que, según su concepción teológica, el creyente llega a Dios.

Como ocurre con el cristianismo o el judaísmo, existen diferentes corrientes islamistas que interpretan ese Dîn de manera diferente. Algunas de esas corrientes son lo que los europeos llamamos integrismo, las corrientes más literales, más fanatizadas y más violentas, como el salafismo o el wahabismo. Seguir esa corriente no implica ser un terrorista, pero en ese caldo de cultivo, en esa legitimación ideológica que defiende la guerra santa o yihad, es donde aparecen los grupos terroristas.

La pregunta que debemos hacernos es ¿quién fomenta estas corrientes islamistas? ¿Quién financia las mezquitas integristas en suelo europeo? ¿Quién les vende armas? ¿Quién les compra el petróleo? ¿Quién financia a estos grupos terroristas? ¿A quién le interesa y por qué que existan? Pues bien, aquí empieza lo complicado del análisis. Las monarquías petroleras del Golfo Pérsico, en especial Arabia Saudí, no son menos integristas que el Estado Islámico, sencillamente tienen el monopolio de la violencia en su territorio, no necesitan infundir terror en su población de manera tan cruda… y son amigas de los gobiernos de Occidente. Son estas teocracias despóticas las que fomentan las ideologías como el salafismo o el wahabismo, construyendo mezquitas en Europa, con la complicidad de los gobiernos europeos.

Si escarbamos un poco nos damos cuenta de que estas monarquías son Estados satélite de Estados Unidos, cuyos principales partidos son financiados por los grandes bancos y las grandes familias como los Rockefeller, Rothschild, Morgan, Pereire… que controlan la Reserva Federal y por lo tanto el dólar. Estos mismos grandes bancos controlan también los bancos europeos, incluyendo el Banco Central Europeo y el Banco de Inglaterra, por lo que las tres principales divisas internacionales (dólar, euro y libra esterlina) están en sus manos y, por lo tanto, el comercio mundial y la deuda. Ellos financian a los partidos políticos, son dueños de los grandes medios de comunicación que crean opinión y, a través de los Estados europeos, controlan la educación, la opinión pública y hacen leyes que favorecen la inmigración masiva. Fomentan ideologías que incitan al universalismo y el multiculturalismo e impulsan la perniciosa idea de la Globalización, que constituye un suicidio étnico para todos los pueblos de la Tierra.

El islam es únicamente una de las armas que ellos utilizan para destruir a Europa y a todos los pueblos y esclavizarnos, pues quieren una Humanidad homogénea, sin identidad, fácilmente manejable, idiotizada y dócil. Esa falsa sociedad multicultural que quieren imponer, en el fondo, lo que provoca es una sociedad de castas, provoca marginación y en esa marginación, los jóvenes hijos de inmigrantes musulmanes tienen varios caminos: refugiarse en las drogas, traficar para tener prestigio y un futuro… o convertirse en héroes y ganarse en Paraíso siendo muyahidines. El terrorismo, además, viene muy bien a la oligarquía puesto que genera miedo en la población y fortalece la autoridad del Estado y su papel como único dominador de la violencia legítima y deseable, presentando que la alternativa al monopolio de la violencia estatal es el terror, el caos y la barbarie terrorista.

¿Cómo luchar?

Una vez identificado el enemigo nos damos cuenta de que los gobiernos europeos son, cuanto menos, colaboracionistas con el mismo. La misma élite, los mismos amos del mundo, controlan nuestros gobiernos y a la vez se sirven del islamismo y de otros movimientos para su interés. Por lo tanto, confiar en nuestros gobiernos para combatir al enemigo sería tan absurdo como confiar en el gobierno de Vichy para luchar contra el Tercer Reich o confiar en José I Bonaparte para luchar contra Napoleón.

En una guerra hace falta luchar en muchos frentes. Los militares, los guerreros, ciertamente habrán de empuñar las armas y combatir a los terroristas y las amenazas más directas. Por desgracia quienes les dan las órdenes son colaboracionistas con el enemigo, pero aun así el papel de los militares es fundamental protegiendo a la población cuando se produce un atentado. Además de los soldados regulares están los valientes que, por su cuenta y riesgo, marchan a Oriente a sumarse a las milicias kurdas u a otras que combaten al Estado Islámico en su terreno. Así mismo, mientras que la política de la Unión Europea y de Estados Unidos es nefasta con respecto a este tema, Rusia si ha tenido una determinación fuerte de combatir al enemigo con las armas. Ciertamente, la resistencia militar es una de las formas de luchar contra el enemigo.

Sin embargo, no todos somos guerreros y no todos valemos para coger un arma. No obstante, en una guerra hay muchos frentes abiertos, no sólo el militar. Debemos pensar que lo que está en juego es la propia supervivencia de Europa, de nuestra cultura, nuestra identidad y nuestra forma de ser. Además de guerreros hace falta mucha más gente para luchar por Europa, cada uno en su campo, en lo que pueda aportar, en lo que pueda ser más útil. Artistas, en el plano cultural, pueden hacer mucho porque Europa sigua viva, pues el arte es la expresión más elevada del espíritu de un pueblo. Crear arte bello frente al arte degenerado de la actualidad, diseñado para corromper nuestra alma como pueblo, es una manera de luchar. También lo es formarse, estudiar nuestra historia, nuestras costumbres, nuestras tradiciones, fomentar el folclore… desde un baile típico de un pueblo hasta un plato de la gastronomía tradicional pasando por un traje regional o la recuperación de la música folk.

Luchar por amor

Como vemos hay muchas maneras de luchar, desde las más básicas como tener una familia tradicional, defender los valores europeos y criar a los hijos en ellos, hasta otras más elaboradas. Cada pequeño grano cuenta. Partiendo de una base espiritual, que es lo primordial, siguiendo con el plano cultural o ideológico, debemos luchar por amor a nuestra cultura, a nuestros ancestros y a nuestras raíces. No debemos luchar por odio al enemigo, por atroces que sean sus crímenes. A pesar de la rabia que podamos sentir, es el amor a Europa lo que ha de movernos, a la gran patria que nos une desde la Península Ibérica hasta los Urales y desde Escandinavia hasta el Mediterráneo.

La Historia nos enseña que el pueblo que lucha por amor propio es mucho más fuerte que aquel al que sólo le mueve el fanatismo o el odio al enemigo. Actualmente estamos perdiendo la guerra porque el enemigo tiene una firme convicción que la mayoría de los europeos no tiene, tiene un arraigado sentido de la identidad y la fe profunda en sus valores. Por el contrario, los europeos vagamos sin rumbo, totalmente perdidos y a ciegas. Cuando los europeos recuperemos nuestras raíces, nuestro amor propio, nuestro orgullo por nuestra milenaria cultura, por nuestros antepasados, por nuestra familia, por nuestra tradición… ese amor será más fuerte que el odio del enemigo y su fanatismo, y más fuerte que el interés y la perfidia de los usureros que lo sustentan.

Un claro ejemplo de esto lo tenemos en nuestra propia Historia de España. Cuando en el 711 los musulmanes invaden Hispania, la decadente Monarquía visigoda, dividida en facciones, no fue capaz de frenarles… de hecho fueron algunos nobles los que les abrieron las puertas y corrieron a congraciarse con ellos por interés. Los musulmanes gritaban que Alá es grande (lo mismo que gritan ahora), eran un Imperio joven y fuerte… frente a un Reino decadente y débil, viejo y dividido. Eran qaysíes, yemeníes, bereberes… pero estaban unidos, frente a un enemigo que había ido perdiendo sus valores y estaba sumido en luchas intestinas. Así vencieron en Guadalete y en pocos años conquistaron toda la Península Ibérica. Sin embargo, cuando un puñado de campesinos, mal armados, refugiados en las montañas de Asturias, comandados por uno de los supervivientes de aquella batalla de Guadalete, les presentaron batalla once años después, la victoria estuvo de su lado. La razón es que ya no luchaban por su rey o por gloria… sino por su familia, su granja, sus hijos… es decir, luchaban por amor y no por odio.