Carlistas: Los Paganos del siglo XIX

Escrito por renacimientogotico 24-10-2015 en Historia. Comentarios (0)

El título de esta entrada puede sorprender, ¿cómo va a tener algo que ver con el paganismo un movimiento social de cristianos integristas que defendía la Inquisición y el absolutismo monárquico? La pregunta es muy razonable, pero intentaré contestarla a lo largo de la entrada. A nivel teórico el carlismo es un movimiento cristiano integrista que nada tendría que envidiar hoy al yihadismo en los países islámicos. Sus líderes generalmente eran sacerdotes fanáticos y generales que defendían a ultranza la Monarquía Católica, es decir un Estado teocrático y con el Dios cristiano como centro de todo. El carlismo (o el miguelismo en Portugal) es un movimiento similar al realismo francés que surge tras la Revolución Francesa.

Todo eso es cierto, pero no debemos perder de vista que el carlismo es el movimiento social más antiguo de Europa de los que siguen actualmente teniendo vigencia. El socialismo tiene 150 años, el fascismo apenas 70 años… pero el carlismo, si tomamos como antecedentes el tradicionalismo durante el reinado de Fernando VII, tiene cerca de 200 años y aún existe, sigue habiendo partidos carlistas y en determinadas zonas tiene cierta importancia social. Sigue habiendo un pretendiente legitimista al trono de España, Carlos Javier II de Borbón-Parma. Esto quiere decir que el carácter popular de este movimiento, su arraigo entre el campesinado, no se pueda explicar sólo pensando en una cúpula de fanáticos integristas… sino que es algo más complejo que eso.

¿Por qué paganos?

Cuando hablamos de paganismo, en mi opinión, más que a la religiosidad nos estamos refiriendo a la manera de vivir, a las costumbres. El paganismo es un modo de vida y la prueba es que la Iglesia de Roma declaró una cruzada contra Irlanda, ya cristianizada, porque sus costumbres seguían siendo paganas. Cuando surge el cristianismo, este lo hace en las ciudades, se consideraba la religión de los civilizados, de Roma, frente a los bárbaros salvajes que vivían en el pagus, en el campo, y mantenían en su ignorancia las viejas costumbres. Para los romanos el término pagano era algo despectivo, eran rústicos ignorantes que, del mismo modo que no habían recibido la “luz de la Civilización” y seguían siendo salvajes, ahora no recibían la “luz de Cristo” y seguían adorando a los viejos dioses que, para la mentalidad cristiana, eran demonios o ángeles caídos.


En el siglo XIX, al igual que en la Antigüedad ocurre con el cristianismo, el liberalismo nace en las ciudades y es presentado como una ideología revolucionaria que cambia la sociedad por completo. Si Cristo era el camino, la verdad y la vida, los liberales representan la libertad, igualdad y fraternidad para todos. También son vistos como rústicos atrasados aquellos habitantes sencillos del campo que van en contra del progreso y la civilización que representa el liberalismo. Los campesinos, arraigados a su religión (la que consideran suya porque lo ha sido en los últimos siglos), son contrarios al liberalismo y su culto a la Nación deificada. El Estado teocrático es sustituido por el Estado nacional, la Nación sustituye a Dios y el nacionalismo liberal es la nueva religión. El carlismo es, a nivel popular, un movimiento de resistencia contra eso del mismo modo que los paganos en su momento se resistieron contra el cristianismo… y que posteriormente los liberales se resistirían contra el marxismo.

Los paganos que no aceptaban obedecer a la Iglesia eran llamados recalcitrantes durante la cristianización. Del mismo modo, los carlistas serán llamados reaccionarios por oponerse a la revolución liberal. Quienes se desviaban del dogma oficial eran considerados herejes en la Antigüedad, del mismo modo que en el siglo XIX serán tachados de facciosos los que no aceptan el Estado liberal. Si el cristianismo dividió a una población homogénea por su concepto del Bien y el Mal, el liberalismo dividirá a la sociedad entre izquierda y derecha. El Estado liberal querrá controla la educación, del mismo modo que la Iglesia lo hizo. El maestro liberal, llegado desde Madrid, que obliga a los hijos de campesinos vascos (que apenas entendían el castellano) a aprenderse la Constitución, es el equivalente al sacerdote misionero que llegaba a territorio pagano con el catecismo para evangelizar a la gente. El Estado liberal tendrá su religión oficial desplazando al cristianismo aunque lo enmascarará con la idea de Estado laico, como el cristianismo hizo lo mismo al convertirse en religión de Estado y desplazar a las religiones nativas. Los niños pasarán a educarse en la escuela pública en lugar de en la parroquia… como en la Antigüedad pasaron de ser educados por el druida en el bosque o instruidos en el templo de su ciudad, a las manos del clero cristiano.

Del mismo modo que en la Edad Media había ciertas cuestiones que eran anatema de excomunión discutirlas, como la virginidad de María o la naturaleza de Cristo, el liberalismo tendrá sus dogmas intocables, como el progreso, el sufragio universal o la propia democracia que, hasta día de hoy, es un pecado cuestionar. Sólo que en lugar de ser condenados a la hoguera, quienes lo discuten son condenados al ostracismo. Los paganos en la Antigüedad defendían su organización social tribal frente al centralismo de la monarquía, del mismo modo que los carlistas defenderán los fueros  y las libertades de los municipios frente al centralismo jacobino del Estado liberal.

El Realismo en América

Paralelas a la construcción del Estado liberal en España fueron las independencias de las colonias americanas. En América los partidarios de mantener la unión fueron llamados realistas frente a los patriotas, los partidarios de la independencia. Hay que tener en cuenta que en la América española, a diferencia de lo que ocurría en Norteamérica cuando nace Estados Unidos, no había una conciencia de nación americana diferente a la española sino que más bien fue la propia independencia la que provocó que las nacientes repúblicas construyesen esa idea de nación. La prueba es que la idea original de los libertadores era crear una gran república panamericana, pero esta idea se acabó disolviendo cuando los personalismos y el caudillismo, tan presente en América, trocearon el mapa en diferentes Estados. Los movimientos independentistas fueron impulsados por la masonería para acabar con el Imperio Español y permitir la instauración de Estado liberales en sus antiguas colonias con el único propósito de establecer el libre comercio… que beneficiaba fundamentalmente a Gran Bretaña, país en el que el liberalismo estaba más asentado.

Mientras que en época colonial existía en América una sociedad de castas, dividida jurídicamente en república de españoles y república de indios, las independencias y la instauración del liberalismo convirtieron a todos los habitantes de esos países en ciudadanos del Estado, en teoría en igualdad. Eso no pudo ser más nefasto para la población indígena, pues las repúblicas nacientes masacraron en un auténtico genocidio (que la Leyenda Negra achaca a la época colonial) a los mapuches, los araucanos… por idéntico motivo al que los cristianos masacraron en Europa a los paganos, porque eran salvajes y porque su modo de vida era contrario al progreso y la civilización que venía de la mano del liberalismo. Lo mismo ocurrió en el norte, fueron los Estados Unidos independientes, no el Imperio Británico, los que conquistaron el oeste y redujeron a los indios a reservas. No es que dentro del Imperio Español los indios tuvieran una buena vida, estaban colonizados y sometidos, pero la cuestión es que la independencia en nada supuso su emancipación, más bien al contrario. No conviene olvidar esto ahora que las corrientes bolivarianas están tan de moda en América y suelen revestirse de un carácter indigenista o antiespañol.

El primer movimiento anticapitalista

Otro de los rasgos del carlismo es su carácter anticapitalista. El carlismo era antiliberal en lo político… pero también en lo económico, mucho antes de que apareciesen los primeros movimientos obreros. Generalmente nos presentan el liberalismo como el final del feudalismo y nos exaltan las virtudes del Estado liberal, que acababa con los privilegios señoriales, con las aduanas internas entre los reinos y territorios de España (o del país que sea), el que permitió el desarrollo industrial, el que nos trajo el progreso representado en el ferrocarril, el que acabó con las tierras de manos muertas propiedad de la Iglesia gracias a la Desamortización… sin embargo debemos poner todas estas ideas en cuestión.

Lo primero que debemos desterrar de nuestra mente es la idea de que en el Antiguo Régimen todo era feudalismo. Además del poder feudal de los señores, existían las comunidades alodiales, es decir, sitios donde los campesinos eran libres y se reunían en concejos abiertos para decidir las cuestiones sobre el uso del monte, los pastos o el bosque comunal sin injerencia de nadie. Precisamente ese era el caso del País Vasco, donde los fueros reconocían estas asambleas, las llamadas anteiglesias, que aún siguen existiendo hoy en día. Desde la Baja Edad Media las ciudades tenían sus fueros municipales y en ellas ya no existía el régimen señorial, sino que había un modelo de sociedad en el que tenían mayor importancia los artesanos, los comerciantes… y en el que florecía la burguesía como clase social frente a la nobleza terrateniente.

Por otro lado también es falso que las tierras de la Iglesia fueran de manos muertas, como tampoco lo eran las tierras comunales de los municipios, que también fueron desamortizadas, esto es, enajenadas y repartidas entre los grandes capitalistas de la época, formando una oligarquía que lleva dominando España desde entonces. La Iglesia llevaba bien sus explotaciones, permitía a los jornaleros trabajarla con una renta razonable o, al menos, más favorable que la que luego impondrá la burguesía agraria cuando se hizo cargo de ellas. Las tierras comunales de los municipios eran de todos, todo el mundo podía ir a cazar al monte, podía coger leña… y todos cuidaban esos terrenos comunales. El campesino vasco que llevaba generaciones cogiendo leña del bosquecillo cercano a su pueblo, se encontró de pronto con que era propiedad privada y con que un nuevo cuerpo creado a tal efecto, la Guardia Civil, le multaba si cogía leña. La desamortización en realidad fue repartirse las tierras comunales y las de la Iglesia entre los grandes señores y la emergente burguesía capitalista.

El desarrollo industrial trajo consigo la sociedad de masas, el campesinado dio paso al proletariado, alienado y sometido a jornadas de trabajo inhumanas pero, eso sí, en las ciudades en lugar de en el campo. Por no hablar de desastres ecológicos llevados a cabo por un desarrollo que para nada fue armónico con el medio. Se crearon tres polos industriales en España: Madrid, Barcelona y Vizcaya, produciendo un enorme desequilibrio territorial en el resto de regiones y provocando que la brecha social entre los propietarios y los trabajadores asalariados fuese cada vez mayor. En cuanto al ferrocarril, fue el origen de las corruptelas, los enchufes, la prevaricación para adjudicar obras del trazado de las vías… y la creación de un sistema financiero dependiente de bancos extranjeros que, en la práctica, supuso entregarle la soberanía a las grandes finanzas internacionales… hasta hoy.

Los logros del liberalismo no fueron tales o, por lo menos, no fue todo tan bonito como tradicionalmente nos han contado. En este contexto debemos entender el carlismo. Más allá de las ideas integristas de los principales cabecillas, fue un movimiento popular de reacción, de defensa de la sociedad tradicional que se tenía, del modo de vida campesino, frente al liberalismo y la industrialización. Es en este sentido el que considero a los carlistas como los paganos del siglo XIX.

Tradicionalismo

El carlismo es un movimiento que se ha considerado siempre tradicionalista. La defensa de la Tradición y de la herencia de nuestros ancestros es siempre digna de elogio y un odinista no puede sino ser tradicionalista en este sentido ya que la base de nuestra fe es que somos uno con nuestros antepasados, que representamos la continuidad de nuestro Pueblo a lo largo de miles de años. Sin embargo, el gran error que cometió el carlismo y que han cometido siempre los cristianos europeos que se consideran a sí mismos tradicionalistas, es reducir la Tradición sólo a los últimos siglos, al cristianismo, perdiendo de vista que nuestra Tradición tiene miles de años y que cosas que se podrían considerar hoy tradicionales en el fondo son sólo una moda pasajera en la historia de nuestro Pueblo, mientras que cosas que alguien podría considerar revolucionarias no son sino el regreso a la Tradición ancestral de hace milenios.