Renacimiento Gótico

Blog dedicado al Renacimiento Gótico de España.

La Hispania Gothorum es la matriz cultural de todos los pueblos y etnias de la Península Ibérica.

Wotan y el Resurgir Espiritual de Europa

Escrito por renacimientogotico 30-11-2015 en Religión. Comentarios (0)

El nombre con el que normalmente nombramos al Padre de Todo es Odín. Odín representa muchas cosas, tiene muchos nombres y expresa muchos aspectos de nuestro inconsciente. La palabra Ódhr (inspiración) de la que deriva su nombre, nos da una clara pista sobre el significado profundo que tiene Odín como chamán, como sabio, como Thulr Supremo y como dios de la magia y las runas. Cuando meditamos, cuando accedemos a un estado de consciencia más elevado, es con Odín con quien hablamos, lo cual es como hablar con nosotros mismos y nuestra propia inspiración. Conocernos a nosotros mismos, profundizar en nuestro Yo, nos acerca al Padre de Todo. Una buena manera de acceder al conocimiento, a la sabiduría, en primer lugar, es centrarnos en nosotros mismos. Es en ese estado de tranquilidad, de meditación, de relajación, cuando nos centramos en nosotros mismos y buscamos en nuestro interior, cuando podemos tomar contacto con Odín. Eso es más útil que rezar en el sentido en el que estamos acostumbrados, de elevar plegarias. Preguntarle a Odín es preguntarnos a nosotros mismos, no centrarnos en los demás, sino pensar en cómo debemos actuar, en qué haría Odín en nuestro lugar. El Hávamal es una gran ayuda para entender este tipo de cuestiones y nos dice cómo el Padre obtiene las runas:

Sé que pendí nueve noches enteras

del árbol que mece el viento;

herido de lanza y a Odín ofrecido

yo mismo ofrecido a mí mismo

del árbol colgué del que nadie sabe

el origen de sus raíces.

HAVAMAL, 138

Sin embargo hoy voy a nombrar al Padre de Todo con otro de los nombres más habituales con el que siempre se le ha llamado, Wotan. Wotan, que deriva de Woþanaz, es decir, Furioso. Es el nombre más común que se le daba en la Antigüedad a esta divinidad en Germania, como dios de la guerra, de los guerreros en trance en el llamado furor teutónico que en época vikinga se llamó berserkergang. Precisamente este es el nombre que usa Carl Gustav Jung en su ensayo Wotan de 1936, que recientemente he tenido la oportunidad de leer y me ha parecido tremendamente enriquecedor. Jung entiende a los dioses como una expresión del inconsciente colectivo del pueblo que les rinde culto, concretamente Wotan sería la expresión del furor guerrero.

La Decadencia Material de Europa

El Pueblo Europeo ha ido experimentando una lenta decadencia en los últimos 5000 años, decadencia que se ha puesto más de manifiesto y se ha acelerado cada vez más cuanto más cerca del momento presente nos situemos. En un primer momento fue una decadencia social, los vínculos familiares y tribales entraron en decadencia con la aparición del Estado. Desde que existe el Estado, los europeos que hemos vivido baja su yugo hemos pasado a ser ciudadanos del Estado y esa lealtad al Estado como institución ha intentado sustituir a la lealtad natural que tenemos con nuestra sangre, nuestro clan, nuestra tribu y nuestra comunidad popular. Como ciudadanos del Estado somos individuos, tenemos libertad individual, al menos en teoría, pero lo cierto es que la sociedad estatal nos ha ido desarraigando cada vez más de nuestros vínculos familiares.

El Estado, en el plano espiritual, también sustituyó la espiritualidad natural por una religión institucional, con una casta sacerdotal, tendente al dogmatismo. Las estructuras religiosas fuertemente jerarquizadas son propias de una sociedad estatal en la que los sacerdotes son los que legitiman al poder político, mientras que las religiones tribales son mucho menos rígidas y el sacerdote es una suerte de erudito o estudioso de la tradición, que tiene una autoridad moral sobre la Comunidad.

El Estado representa pues la decadencia de la Comunidad. En el caso de Europa esta decadencia se dio primero en Grecia, durante las culturas minoica y micénica. Sin embargo colapsó en lo que llamamos la Edad Oscura de la Historia de Grecia, cuando los pueblos dorios, de origen celta, invadieron Grecia y el resultado de esta invasión fue la caída del Estado y la aparición de la polis, la Comunidad, así como de la cultura helénica, cuna de Europa. Las poleis fueron degenerando hasta convertirse en Estados y finalmente establecerse el Imperio de Alejandro Magno y el helenismo, que no es otra cosa que la degeneración de la cultura helénica europea, mezclada con elementos orientales y, en última instancia, el final de los griegos como civilización.

En Roma ocurrió algo similar. El pueblo romano entró en decadencia cuando la República llega a su fin y el Imperio será una consagración de esa decadencia, pese a tener periodos de esplendor o de expansión, en tanto en cuanto se convirtió en universal. Cualquier Imperio tiene inevitablemente la idea de universalidad en su ADN desde el momento de nacer y a la decadencia moral y espiritual que sufrió la civilización romana, las causas económicas y las luchas por el poder, hay que añadir la crisis de identidad y la desvirtuación cultural cuando se generaliza la ciudadanía en todo el Imperio y se considera romano tanto a un númida norteafricano, como a un celta o un griego. Así pues Roma dejó de existir como civilización como le había ocurrido a Grecia, al establecer un Imperio.

La Decadencia Religiosa

La pérdida de las libertades políticas en favor de la tiranía, la decadencia cultural o la crisis moral fueron algunos de los aspectos en los que el universalismo imperial provocó la decadencia de Grecia y Roma y, posteriormente, de todos los pueblos europeos cuando estos sustituyeron su organización tribal tradicional por una sociedad estatal. Pero otro aspecto fundamental en el que esta decadencia se puso de manifiesto fue la decadencia religiosa. La espiritualidad es la base de la sociedad, sin espiritualidad una persona está perdida, por lo que socavar la espiritualidad de los pueblos es el primer paso para destruirlos.

El culto al Divino Augusto en los primeros tiempos del Imperio Romano fueron una manifestación de la adoración al Estado, encarnado en el príncipe, que venía a sustituir los vínculos familiares y tribales. De esta forma uno podía ser galo, ibero, germano, britano, númida, egipcio, griego… pero frente a esa vinculación natural con el propio pueblo y con los lazos de sangre, preponderaba el hecho de que se estaba bajo el imperium de Roma y su César, que adquiría así un papel más propio del despotismo oriental y de una teocracia que de un caudillo europeo tradicional.

El siguiente paso fue una tendencia al monoteísmo cada vez mayor. Se intentó establecer primero la monolatría (existen varios dioses pero sólo uno es merecedor de culto) con el César, convertido en un semidiós, así como un culto al dios solar Helios que se relacionaba con el culto solar a Atón en Egipto o a Mitra en Persia. Muchas religiones y corrientes culturales procedentes de Oriente se implantaron en Roma, entre ellas el judaísmo, que ya era una religión plenamente monoteísta. Había comunidades judías en todo el Imperio y una de las sectas judías que existía a principios de la Era Común era la de los nazarenos que, tiempo después, serían llamados cristianos.

El cristianismo fue una elaboración producida por Pablo de Tarso, que convirtió una secta judía, la de los seguidores de Jesús de Nazaret o nazarenos, en una filosofía al estilo griego que adoptó elementos del neoplatonismo y del estoicismo, pasando el Mesías a ser considerado Cristo, ungido por Dios, asociado a la figura de los semidioses como Hércules. Aunque el cristianismo en principio fue perseguido, finalmente fue adoptado como religión oficial del Estado y adoptó las formas y la liturgia romana. Frente a las religiones étnicas o gentiles, el Imperio estableció una religión católica, es decir, universal. A pesar de ello, el inconsciente colectivo de los europeos siguió siendo el mismo y la concepción el arte también, por lo que se representó a los cristos, las vírgenes o los santos del mismo modo que se había representado durante siglos a los viejos dioses.

Decadencia de la Cristiandad

Del mismo modo que el inconsciente colectivo europeo siguió expresándose en el arte, pese a ser un arte formalmente cristiano, la cultura grecolatina no se perdió pese a la caída del Imperio y siguió existiendo en los monasterios en medio del caos. Los Reinos germánicos fueron una expresión de Wotan, como dios errante y viajero, que como una expresión de vigor impulsó a las tribus germánicas a establecerse en un Imperio decadente y devastado para hacer resurgir con el tiempo la cultura europea. Los llamados “siglos oscuros” de la Edad Media fueron sin embargo los siglos del románico y del gótico, de la aparición de las universidades y de un lento pero imparable resurgir de la espiritualidad pagana anterior al cristianismo.

Sin embargo la idea universal del Imperio, pese a la caída de Roma, siguió estando presente. Las Iglesias católica y ortodoxa fueron las sucesoras espirituales del Imperio Romano y el Sacro Imperio Romano-Germánico y el Imperio Bizantino los sucesores políticos. El resultado de todo esto fue la Cristiandad medieval. Pero bajo ese paraguas universalista y cristiano, la cultura europea se configuró en el embrión de las modernas naciones, mientras que en la otra orilla del Mediterráneo se establecía el Califato islámico. Europa occidental, de raíz celta, latinizada por Roma y germanizada por godos, suevos, burgundios, sajones, francos, lombardos… y Europa oriental, de raíz eslava y báltica, helenizada por la Iglesia ortodoxa y germanizada por los vikingos. La pretendida unidad espiritual de la Cristiandad, en realidad, no era sino una unidad de sangre de los pueblos europeos, totalmente contraria al espíritu universalista cristiano.

Sin embargo la Cristiandad también comenzó a decaer. El paganismo nunca llegó a desaparecer del todo, aunque fuese demonizado y considerado satánico por la Iglesia. La autoridad dogmática de Roma no pudo frenar que la espiritualidad europea siguiese viva y que la vieja religión perviviese en el folclore y en el inconsciente europeo, como tampoco pudo hacer frente a las numerosas herejías medievales y finalmente al protestantismo. La Reforma de Lutero y posteriormente de Calvino supuso el final de la unidad cristiana y la Cristiandad, iniciando una decadencia que no ha se ha detenido.

Ideologías Salvíficas Herederas del Cristianismo

La decadencia de la Cristiandad ha sido imparable desde la Reforma y actualmente el cristianismo es tan sólo una fachada, algo formal en la espiritualidad europea. Como Nietzsche dijo en el siglo XIX, Dios ha muerto. Pero las ideologías salvíficas sucedieron al cristianismo, primero el liberalismo y posteriormente el marxismo. El liberalismo, a través de la masonería, socavó los cimientos de la Cristiandad para establecer el culto al egoísmo, a la nación deificada en lugar de a Dios, al individualismo absoluto y al Estado nacional. Las tres grandes monarquías de la Modernidad fueron, de este modo, destruidas por el liberalismo. Primero con la llamada Revolución Gloriosa en Inglaterra y más tarde la Revolución Americana que acabó con el Imperio Británico, dejando en su lugar un Estado al servicio de unas cuantas familias oligárquicas de banqueros usureros. Más tarde, la Revolución Francesa acabó con la Monarquía tradicional en Francia y estableció una República y posteriormente un Imperio que expandió el liberalismo por todo el continente. En tercer lugar, las independencias de la América española supusieron el final del Imperio Español y de la Monarquía Católica, que siguió existiendo pero como una entelequia sin ningún poder y derivando hacia una Monarquía liberal con Isabel II.

Durante el siglo XIX el Estado liberal se asentó y el capitalismo industrial destrozó poco a poco toda la sociedad tradicional campesina europea y sus viejos valores. Con la I Guerra Mundial las tres grandes monarquías que quedaban en Europa, el káiser alemán, el Emperador de Austria y el Zar de Rusia, fueron barridas en pos del liberalismo, como también lo hizo el Imperio Otomano, sucesor del Califato en el mundo musulmán. Con la II Guerra Mundial las élites europeas fueron eliminadas y Europa quedó totalmente asolada y destruida. Este largo proceso ha fortalecido a las mismas oligarquías en todo el mundo y tras el final de la Guerra Fría ha supuesto la entrada del capitalismo en su fase global, la Globalización, que pretende definitivamente borrar la identidad étnica y establecer una cultura única para todo el planeta.

El Resurgir de Wotan

Tras los últimos convulsos siglos nos encontramos hoy una Europa deshecha, decadente, sin rumbo y perdida en medio de un mar multicultural y global que pretende destruirnos como pueblo. Los europeos han perdido su arraigo cultural, su conciencia étnica y su cultura… pero no han perdido su alma y su inconsciente colectivo sigue siendo el mismo. Vivimos en una sociedad de fachada cristiana, marxista en lo cultural y liberal en lo económico, pero seguimos siendo europeos y seguimos vivos como pueblo.

El vigor europeo volverá a resurgir cuando todo se desplome a nuestro alrededor, debemos tener una fe fuerte y un firme sentimiento de identidad como pueblo y amor a nuestra cultura. Del mismo modo que con el establecimiento de los Reinos germánicos, con la Reconquista en España, con el Romanticismo del siglo XIX o con el convulso periodo de entreguerras del siglo XX en el que afloraron todo tipo de movimientos; el vigor y el furor europeo que Wotan representa en nuestro inconsciente volverá a la vida. A veces es necesario que el caos arrase con todo para que la naturaleza se pueda regenerar y nacer de nuevo. Europa volverá a nacer de nuevo, nuestra cultura volverá a resurgir y Wotan ensillará a Sleipnir y emergerá de los bosques para guiar a la cacería salvaje y liderarnos en esta empresa. Nuestra fe ha de ser fuerte, Él está con nosotros, dentro de nosotros, en nuestro inconsciente, en nuestro espíritu guerrero y nos da fuerzas para sobrevivir.


Lucha por amor, no por odio

Escrito por renacimientogotico 19-11-2015 en Política y Sociedad. Comentarios (0)

Los últimos atentados perpetrados en París por el Estado Islámico han despertado la lógica reacción de indignación, rabia y odio hacia quienes los han cometido. Lo cierto es que Europa lleva mucho tiempo en guerra, una guerra que estamos perdiendo y que ahora, cuando se producido este infame y brutal atentado en el corazón de Francia, muchos europeos han comenzado a percibir la realidad. Europa clama venganza pero a la vez tiene miedo y está terriblemente desinformada de por qué ha ocurrido lo que ha ocurrido, de cómo evitar que se repita y aún de quién es el enemigo.

Identificar al Enemigo

Después de asumir que estamos en guerra, el primer paso es identificar correctamente al enemigo. El integrismo islámico es sólo una de las cabezas que tiene la hidra contra la que luchamos. Conviene aclarar la diferencia entre árabe, musulmán, integrista y terrorista. Los árabes son una etnia perteneciente a los pueblos semitas (como los acadios, los asirios, los caldeos o los hebreos, entre otros) originaria de la Península Arábiga y cuya presencia se extiende por el Próximo Oriente Asiático y el Norte de África. Hay árabes musulmanes, cristianos, ateos, agnósticos o incluso seguidores de su religión nativa, que en su reconstrucción moderna recibe el nombre de wathanismo (podéis encontrar más información sobre la vieja religión árabe aquí y aquí). Eso quiere decir que ser árabe no te vincula necesariamente con ninguna creencia o ideología, de hecho el nacionalismo árabe o panarabismo, que aboga por la unidad política de todos los países árabes, es fundamentalmente laico. Los árabes NO son nuestros enemigos, es más, pueden ser aliados potenciales. El pueblo árabe es el que más ha sufrido el islam de todos los pueblos, pues arrasó su cultura ancestral y destruyó su vieja religión. Por otro lado, un musulmán no necesariamente es árabe, puede ser persa, turco, chino, malayo, sudanés… o europeo, como el caso mayoritario de los albaneses, los bosnios o multitud de conversos de toda Europa.

Dentro del islam, religión monoteísta, universalista, dogmática y totalitaria que para nada es deseable en Europa, existen numerosas corrientes. Hay que perder el miedo a no ser políticamente correctos y criticar al islam como sistema de creencias y como ideología del mismo modo que podemos criticar el fascismo, el marxismo o cualquier ideología por muy sagrada que esta sea para quienes la practican o defienden. El islam en mi opinión, no es deseable en Europa, como no lo es el cristianismo ni ninguna religión relevada, monoteísta, proselitista y dogmática. No existe esa diferencia que hacemos entre “islam moderado” e “islam radical”, los musulmanes no la hacen. Para ellos la diferencia es entre ser musulmán o no serlo, si uno es musulmán acepta el Corán y una serie de preceptos, sino los acepta no es musulmán. El islam se basa en la revelación de Mahoma, ese mensaje revelado que se conoce como el Dîn, la senda por la que, según su concepción teológica, el creyente llega a Dios.

Como ocurre con el cristianismo o el judaísmo, existen diferentes corrientes islamistas que interpretan ese Dîn de manera diferente. Algunas de esas corrientes son lo que los europeos llamamos integrismo, las corrientes más literales, más fanatizadas y más violentas, como el salafismo o el wahabismo. Seguir esa corriente no implica ser un terrorista, pero en ese caldo de cultivo, en esa legitimación ideológica que defiende la guerra santa o yihad, es donde aparecen los grupos terroristas.

La pregunta que debemos hacernos es ¿quién fomenta estas corrientes islamistas? ¿Quién financia las mezquitas integristas en suelo europeo? ¿Quién les vende armas? ¿Quién les compra el petróleo? ¿Quién financia a estos grupos terroristas? ¿A quién le interesa y por qué que existan? Pues bien, aquí empieza lo complicado del análisis. Las monarquías petroleras del Golfo Pérsico, en especial Arabia Saudí, no son menos integristas que el Estado Islámico, sencillamente tienen el monopolio de la violencia en su territorio, no necesitan infundir terror en su población de manera tan cruda… y son amigas de los gobiernos de Occidente. Son estas teocracias despóticas las que fomentan las ideologías como el salafismo o el wahabismo, construyendo mezquitas en Europa, con la complicidad de los gobiernos europeos.

Si escarbamos un poco nos damos cuenta de que estas monarquías son Estados satélite de Estados Unidos, cuyos principales partidos son financiados por los grandes bancos y las grandes familias como los Rockefeller, Rothschild, Morgan, Pereire… que controlan la Reserva Federal y por lo tanto el dólar. Estos mismos grandes bancos controlan también los bancos europeos, incluyendo el Banco Central Europeo y el Banco de Inglaterra, por lo que las tres principales divisas internacionales (dólar, euro y libra esterlina) están en sus manos y, por lo tanto, el comercio mundial y la deuda. Ellos financian a los partidos políticos, son dueños de los grandes medios de comunicación que crean opinión y, a través de los Estados europeos, controlan la educación, la opinión pública y hacen leyes que favorecen la inmigración masiva. Fomentan ideologías que incitan al universalismo y el multiculturalismo e impulsan la perniciosa idea de la Globalización, que constituye un suicidio étnico para todos los pueblos de la Tierra.

El islam es únicamente una de las armas que ellos utilizan para destruir a Europa y a todos los pueblos y esclavizarnos, pues quieren una Humanidad homogénea, sin identidad, fácilmente manejable, idiotizada y dócil. Esa falsa sociedad multicultural que quieren imponer, en el fondo, lo que provoca es una sociedad de castas, provoca marginación y en esa marginación, los jóvenes hijos de inmigrantes musulmanes tienen varios caminos: refugiarse en las drogas, traficar para tener prestigio y un futuro… o convertirse en héroes y ganarse en Paraíso siendo muyahidines. El terrorismo, además, viene muy bien a la oligarquía puesto que genera miedo en la población y fortalece la autoridad del Estado y su papel como único dominador de la violencia legítima y deseable, presentando que la alternativa al monopolio de la violencia estatal es el terror, el caos y la barbarie terrorista.

¿Cómo luchar?

Una vez identificado el enemigo nos damos cuenta de que los gobiernos europeos son, cuanto menos, colaboracionistas con el mismo. La misma élite, los mismos amos del mundo, controlan nuestros gobiernos y a la vez se sirven del islamismo y de otros movimientos para su interés. Por lo tanto, confiar en nuestros gobiernos para combatir al enemigo sería tan absurdo como confiar en el gobierno de Vichy para luchar contra el Tercer Reich o confiar en José I Bonaparte para luchar contra Napoleón.

En una guerra hace falta luchar en muchos frentes. Los militares, los guerreros, ciertamente habrán de empuñar las armas y combatir a los terroristas y las amenazas más directas. Por desgracia quienes les dan las órdenes son colaboracionistas con el enemigo, pero aun así el papel de los militares es fundamental protegiendo a la población cuando se produce un atentado. Además de los soldados regulares están los valientes que, por su cuenta y riesgo, marchan a Oriente a sumarse a las milicias kurdas u a otras que combaten al Estado Islámico en su terreno. Así mismo, mientras que la política de la Unión Europea y de Estados Unidos es nefasta con respecto a este tema, Rusia si ha tenido una determinación fuerte de combatir al enemigo con las armas. Ciertamente, la resistencia militar es una de las formas de luchar contra el enemigo.

Sin embargo, no todos somos guerreros y no todos valemos para coger un arma. No obstante, en una guerra hay muchos frentes abiertos, no sólo el militar. Debemos pensar que lo que está en juego es la propia supervivencia de Europa, de nuestra cultura, nuestra identidad y nuestra forma de ser. Además de guerreros hace falta mucha más gente para luchar por Europa, cada uno en su campo, en lo que pueda aportar, en lo que pueda ser más útil. Artistas, en el plano cultural, pueden hacer mucho porque Europa sigua viva, pues el arte es la expresión más elevada del espíritu de un pueblo. Crear arte bello frente al arte degenerado de la actualidad, diseñado para corromper nuestra alma como pueblo, es una manera de luchar. También lo es formarse, estudiar nuestra historia, nuestras costumbres, nuestras tradiciones, fomentar el folclore… desde un baile típico de un pueblo hasta un plato de la gastronomía tradicional pasando por un traje regional o la recuperación de la música folk.

Luchar por amor

Como vemos hay muchas maneras de luchar, desde las más básicas como tener una familia tradicional, defender los valores europeos y criar a los hijos en ellos, hasta otras más elaboradas. Cada pequeño grano cuenta. Partiendo de una base espiritual, que es lo primordial, siguiendo con el plano cultural o ideológico, debemos luchar por amor a nuestra cultura, a nuestros ancestros y a nuestras raíces. No debemos luchar por odio al enemigo, por atroces que sean sus crímenes. A pesar de la rabia que podamos sentir, es el amor a Europa lo que ha de movernos, a la gran patria que nos une desde la Península Ibérica hasta los Urales y desde Escandinavia hasta el Mediterráneo.

La Historia nos enseña que el pueblo que lucha por amor propio es mucho más fuerte que aquel al que sólo le mueve el fanatismo o el odio al enemigo. Actualmente estamos perdiendo la guerra porque el enemigo tiene una firme convicción que la mayoría de los europeos no tiene, tiene un arraigado sentido de la identidad y la fe profunda en sus valores. Por el contrario, los europeos vagamos sin rumbo, totalmente perdidos y a ciegas. Cuando los europeos recuperemos nuestras raíces, nuestro amor propio, nuestro orgullo por nuestra milenaria cultura, por nuestros antepasados, por nuestra familia, por nuestra tradición… ese amor será más fuerte que el odio del enemigo y su fanatismo, y más fuerte que el interés y la perfidia de los usureros que lo sustentan.

Un claro ejemplo de esto lo tenemos en nuestra propia Historia de España. Cuando en el 711 los musulmanes invaden Hispania, la decadente Monarquía visigoda, dividida en facciones, no fue capaz de frenarles… de hecho fueron algunos nobles los que les abrieron las puertas y corrieron a congraciarse con ellos por interés. Los musulmanes gritaban que Alá es grande (lo mismo que gritan ahora), eran un Imperio joven y fuerte… frente a un Reino decadente y débil, viejo y dividido. Eran qaysíes, yemeníes, bereberes… pero estaban unidos, frente a un enemigo que había ido perdiendo sus valores y estaba sumido en luchas intestinas. Así vencieron en Guadalete y en pocos años conquistaron toda la Península Ibérica. Sin embargo, cuando un puñado de campesinos, mal armados, refugiados en las montañas de Asturias, comandados por uno de los supervivientes de aquella batalla de Guadalete, les presentaron batalla once años después, la victoria estuvo de su lado. La razón es que ya no luchaban por su rey o por gloria… sino por su familia, su granja, sus hijos… es decir, luchaban por amor y no por odio.


Carlistas: Los Paganos del siglo XIX

Escrito por renacimientogotico 24-10-2015 en Historia. Comentarios (0)

El título de esta entrada puede sorprender, ¿cómo va a tener algo que ver con el paganismo un movimiento social de cristianos integristas que defendía la Inquisición y el absolutismo monárquico? La pregunta es muy razonable, pero intentaré contestarla a lo largo de la entrada. A nivel teórico el carlismo es un movimiento cristiano integrista que nada tendría que envidiar hoy al yihadismo en los países islámicos. Sus líderes generalmente eran sacerdotes fanáticos y generales que defendían a ultranza la Monarquía Católica, es decir un Estado teocrático y con el Dios cristiano como centro de todo. El carlismo (o el miguelismo en Portugal) es un movimiento similar al realismo francés que surge tras la Revolución Francesa.

Todo eso es cierto, pero no debemos perder de vista que el carlismo es el movimiento social más antiguo de Europa de los que siguen actualmente teniendo vigencia. El socialismo tiene 150 años, el fascismo apenas 70 años… pero el carlismo, si tomamos como antecedentes el tradicionalismo durante el reinado de Fernando VII, tiene cerca de 200 años y aún existe, sigue habiendo partidos carlistas y en determinadas zonas tiene cierta importancia social. Sigue habiendo un pretendiente legitimista al trono de España, Carlos Javier II de Borbón-Parma. Esto quiere decir que el carácter popular de este movimiento, su arraigo entre el campesinado, no se pueda explicar sólo pensando en una cúpula de fanáticos integristas… sino que es algo más complejo que eso.

¿Por qué paganos?

Cuando hablamos de paganismo, en mi opinión, más que a la religiosidad nos estamos refiriendo a la manera de vivir, a las costumbres. El paganismo es un modo de vida y la prueba es que la Iglesia de Roma declaró una cruzada contra Irlanda, ya cristianizada, porque sus costumbres seguían siendo paganas. Cuando surge el cristianismo, este lo hace en las ciudades, se consideraba la religión de los civilizados, de Roma, frente a los bárbaros salvajes que vivían en el pagus, en el campo, y mantenían en su ignorancia las viejas costumbres. Para los romanos el término pagano era algo despectivo, eran rústicos ignorantes que, del mismo modo que no habían recibido la “luz de la Civilización” y seguían siendo salvajes, ahora no recibían la “luz de Cristo” y seguían adorando a los viejos dioses que, para la mentalidad cristiana, eran demonios o ángeles caídos.


En el siglo XIX, al igual que en la Antigüedad ocurre con el cristianismo, el liberalismo nace en las ciudades y es presentado como una ideología revolucionaria que cambia la sociedad por completo. Si Cristo era el camino, la verdad y la vida, los liberales representan la libertad, igualdad y fraternidad para todos. También son vistos como rústicos atrasados aquellos habitantes sencillos del campo que van en contra del progreso y la civilización que representa el liberalismo. Los campesinos, arraigados a su religión (la que consideran suya porque lo ha sido en los últimos siglos), son contrarios al liberalismo y su culto a la Nación deificada. El Estado teocrático es sustituido por el Estado nacional, la Nación sustituye a Dios y el nacionalismo liberal es la nueva religión. El carlismo es, a nivel popular, un movimiento de resistencia contra eso del mismo modo que los paganos en su momento se resistieron contra el cristianismo… y que posteriormente los liberales se resistirían contra el marxismo.

Los paganos que no aceptaban obedecer a la Iglesia eran llamados recalcitrantes durante la cristianización. Del mismo modo, los carlistas serán llamados reaccionarios por oponerse a la revolución liberal. Quienes se desviaban del dogma oficial eran considerados herejes en la Antigüedad, del mismo modo que en el siglo XIX serán tachados de facciosos los que no aceptan el Estado liberal. Si el cristianismo dividió a una población homogénea por su concepto del Bien y el Mal, el liberalismo dividirá a la sociedad entre izquierda y derecha. El Estado liberal querrá controla la educación, del mismo modo que la Iglesia lo hizo. El maestro liberal, llegado desde Madrid, que obliga a los hijos de campesinos vascos (que apenas entendían el castellano) a aprenderse la Constitución, es el equivalente al sacerdote misionero que llegaba a territorio pagano con el catecismo para evangelizar a la gente. El Estado liberal tendrá su religión oficial desplazando al cristianismo aunque lo enmascarará con la idea de Estado laico, como el cristianismo hizo lo mismo al convertirse en religión de Estado y desplazar a las religiones nativas. Los niños pasarán a educarse en la escuela pública en lugar de en la parroquia… como en la Antigüedad pasaron de ser educados por el druida en el bosque o instruidos en el templo de su ciudad, a las manos del clero cristiano.

Del mismo modo que en la Edad Media había ciertas cuestiones que eran anatema de excomunión discutirlas, como la virginidad de María o la naturaleza de Cristo, el liberalismo tendrá sus dogmas intocables, como el progreso, el sufragio universal o la propia democracia que, hasta día de hoy, es un pecado cuestionar. Sólo que en lugar de ser condenados a la hoguera, quienes lo discuten son condenados al ostracismo. Los paganos en la Antigüedad defendían su organización social tribal frente al centralismo de la monarquía, del mismo modo que los carlistas defenderán los fueros  y las libertades de los municipios frente al centralismo jacobino del Estado liberal.

El Realismo en América

Paralelas a la construcción del Estado liberal en España fueron las independencias de las colonias americanas. En América los partidarios de mantener la unión fueron llamados realistas frente a los patriotas, los partidarios de la independencia. Hay que tener en cuenta que en la América española, a diferencia de lo que ocurría en Norteamérica cuando nace Estados Unidos, no había una conciencia de nación americana diferente a la española sino que más bien fue la propia independencia la que provocó que las nacientes repúblicas construyesen esa idea de nación. La prueba es que la idea original de los libertadores era crear una gran república panamericana, pero esta idea se acabó disolviendo cuando los personalismos y el caudillismo, tan presente en América, trocearon el mapa en diferentes Estados. Los movimientos independentistas fueron impulsados por la masonería para acabar con el Imperio Español y permitir la instauración de Estado liberales en sus antiguas colonias con el único propósito de establecer el libre comercio… que beneficiaba fundamentalmente a Gran Bretaña, país en el que el liberalismo estaba más asentado.

Mientras que en época colonial existía en América una sociedad de castas, dividida jurídicamente en república de españoles y república de indios, las independencias y la instauración del liberalismo convirtieron a todos los habitantes de esos países en ciudadanos del Estado, en teoría en igualdad. Eso no pudo ser más nefasto para la población indígena, pues las repúblicas nacientes masacraron en un auténtico genocidio (que la Leyenda Negra achaca a la época colonial) a los mapuches, los araucanos… por idéntico motivo al que los cristianos masacraron en Europa a los paganos, porque eran salvajes y porque su modo de vida era contrario al progreso y la civilización que venía de la mano del liberalismo. Lo mismo ocurrió en el norte, fueron los Estados Unidos independientes, no el Imperio Británico, los que conquistaron el oeste y redujeron a los indios a reservas. No es que dentro del Imperio Español los indios tuvieran una buena vida, estaban colonizados y sometidos, pero la cuestión es que la independencia en nada supuso su emancipación, más bien al contrario. No conviene olvidar esto ahora que las corrientes bolivarianas están tan de moda en América y suelen revestirse de un carácter indigenista o antiespañol.

El primer movimiento anticapitalista

Otro de los rasgos del carlismo es su carácter anticapitalista. El carlismo era antiliberal en lo político… pero también en lo económico, mucho antes de que apareciesen los primeros movimientos obreros. Generalmente nos presentan el liberalismo como el final del feudalismo y nos exaltan las virtudes del Estado liberal, que acababa con los privilegios señoriales, con las aduanas internas entre los reinos y territorios de España (o del país que sea), el que permitió el desarrollo industrial, el que nos trajo el progreso representado en el ferrocarril, el que acabó con las tierras de manos muertas propiedad de la Iglesia gracias a la Desamortización… sin embargo debemos poner todas estas ideas en cuestión.

Lo primero que debemos desterrar de nuestra mente es la idea de que en el Antiguo Régimen todo era feudalismo. Además del poder feudal de los señores, existían las comunidades alodiales, es decir, sitios donde los campesinos eran libres y se reunían en concejos abiertos para decidir las cuestiones sobre el uso del monte, los pastos o el bosque comunal sin injerencia de nadie. Precisamente ese era el caso del País Vasco, donde los fueros reconocían estas asambleas, las llamadas anteiglesias, que aún siguen existiendo hoy en día. Desde la Baja Edad Media las ciudades tenían sus fueros municipales y en ellas ya no existía el régimen señorial, sino que había un modelo de sociedad en el que tenían mayor importancia los artesanos, los comerciantes… y en el que florecía la burguesía como clase social frente a la nobleza terrateniente.

Por otro lado también es falso que las tierras de la Iglesia fueran de manos muertas, como tampoco lo eran las tierras comunales de los municipios, que también fueron desamortizadas, esto es, enajenadas y repartidas entre los grandes capitalistas de la época, formando una oligarquía que lleva dominando España desde entonces. La Iglesia llevaba bien sus explotaciones, permitía a los jornaleros trabajarla con una renta razonable o, al menos, más favorable que la que luego impondrá la burguesía agraria cuando se hizo cargo de ellas. Las tierras comunales de los municipios eran de todos, todo el mundo podía ir a cazar al monte, podía coger leña… y todos cuidaban esos terrenos comunales. El campesino vasco que llevaba generaciones cogiendo leña del bosquecillo cercano a su pueblo, se encontró de pronto con que era propiedad privada y con que un nuevo cuerpo creado a tal efecto, la Guardia Civil, le multaba si cogía leña. La desamortización en realidad fue repartirse las tierras comunales y las de la Iglesia entre los grandes señores y la emergente burguesía capitalista.

El desarrollo industrial trajo consigo la sociedad de masas, el campesinado dio paso al proletariado, alienado y sometido a jornadas de trabajo inhumanas pero, eso sí, en las ciudades en lugar de en el campo. Por no hablar de desastres ecológicos llevados a cabo por un desarrollo que para nada fue armónico con el medio. Se crearon tres polos industriales en España: Madrid, Barcelona y Vizcaya, produciendo un enorme desequilibrio territorial en el resto de regiones y provocando que la brecha social entre los propietarios y los trabajadores asalariados fuese cada vez mayor. En cuanto al ferrocarril, fue el origen de las corruptelas, los enchufes, la prevaricación para adjudicar obras del trazado de las vías… y la creación de un sistema financiero dependiente de bancos extranjeros que, en la práctica, supuso entregarle la soberanía a las grandes finanzas internacionales… hasta hoy.

Los logros del liberalismo no fueron tales o, por lo menos, no fue todo tan bonito como tradicionalmente nos han contado. En este contexto debemos entender el carlismo. Más allá de las ideas integristas de los principales cabecillas, fue un movimiento popular de reacción, de defensa de la sociedad tradicional que se tenía, del modo de vida campesino, frente al liberalismo y la industrialización. Es en este sentido el que considero a los carlistas como los paganos del siglo XIX.

Tradicionalismo

El carlismo es un movimiento que se ha considerado siempre tradicionalista. La defensa de la Tradición y de la herencia de nuestros ancestros es siempre digna de elogio y un odinista no puede sino ser tradicionalista en este sentido ya que la base de nuestra fe es que somos uno con nuestros antepasados, que representamos la continuidad de nuestro Pueblo a lo largo de miles de años. Sin embargo, el gran error que cometió el carlismo y que han cometido siempre los cristianos europeos que se consideran a sí mismos tradicionalistas, es reducir la Tradición sólo a los últimos siglos, al cristianismo, perdiendo de vista que nuestra Tradición tiene miles de años y que cosas que se podrían considerar hoy tradicionales en el fondo son sólo una moda pasajera en la historia de nuestro Pueblo, mientras que cosas que alguien podría considerar revolucionarias no son sino el regreso a la Tradición ancestral de hace milenios.


Los Cristianos Europeos

Escrito por renacimientogotico 20-10-2015 en Religión. Comentarios (0)

La mayoría de los europeos y eurodescendientes hemos crecido en una sociedad cristianizada y hemos sido criados en un ambiente familiar en el que esta religión ha tenido una presencia más o menos importante. Sin embargo muchos de nosotros sentimos que el monoteísmo abrahámico nos chocaba, no encajaba con nuestra espiritualidad. Desde una perspectiva folkish, la religión es algo ligado a un pueblo y, del mismo modo que crecemos con una lengua materna y nos resulta familiar hablarla a diferencia de otras lenguas sin que por ello se pueda hablar de una “lengua verdadera” frente a “lenguas falsas”, la religión en la que crecemos es la que consideramos como propia, distinta de la de los demás pueblos. No obstante, el carácter universalista del cristianismo y de otras religiones no encaja en esta concepción. Esto nos lleva a indagar más, a buscar el origen de las cosas… y finalmente a darnos cuenta de que nuestra Tradición se remonta a mucho más tiempo que los últimos siglos marcados por el cristianismo. Es así como muchos llegamos a encontrar nuestro camino nativo.

  Ocurre que, cuando esto sucede, solemos sentir rechazo hacia el cristianismo, hacia la destrucción de templos, arboledas sagradas y santuarios que hicieron los cristianos en el pasado. Sentimos rabia por ello y es muy común que ello despierte beligerancia hacia el cristianismo, hacia la Iglesia y sus privilegios… sin embargo, nos encontramos en una sociedad que se rige por el calendario cristiano, que celebra oficialmente las fiestas cristianas, nuestros propios familiares y amigos son cristianos ¿qué hacer entonces? ¿Podemos celebrar la Navidad o cualquier fiesta cristiana con nuestra familia? ¿Qué actitud debemos tomar hacia el cristianismo y los cristianos? Muchos nos hemos hecho preguntas parecidas.

  Lo cierto es que recuperar nuestro camino nativo nos hace conectar con nuestros ancestros, con nuestro Pueblo, con lo que somos realmente. El Ásatrú no es algo que uno elija, es lo que somos, son nuestras raíces. Esto no significa que debamos borrar los últimos 1600 años de la historia de Europa, no podríamos aunque quisiéramos, pero tampoco es deseable ya que el alma europea ha seguido viva a pesar del barniz cristiano de los últimos siglos. Podemos criticar aquellas ideologías o creencias que de algún modo entendamos que encierran alguna forma de tiranía, como el cristianismo, el islam, el liberalismo, el marxismo, el fascismo… pero eso no significa que no debamos respetar a las personas que profesan esas creencias o tienen esas ideas. Si adoptásemos una actitud hostil hacia los cristianos europeos, que son nuestros hermanos de sangre, cometeríamos el mismo error que se ha ido cometiendo en los últimos siglos, ya sea con las guerras de religión entre católicos, protestantes, ortodoxos… u otras ramas del cristianismo; ya sea por los enfrentamientos que han provocado las ideologías salvíficas herederas del mismo en los siglos XIX y XX, incluyendo dos guerras mundiales cuya devastación y consecuencias fueron atroces.

  Para nosotros el sentido de Pueblo, la sangre, está por encima de todo. Nuestros familiares, nuestros antepasados recientes, son parte de nuestra estirpe, son parte de nuestro Pueblo, aunque en las últimas generaciones hayan sido cristianos. Podemos diferenciar entre el Pueblo Interno, aquellos europeos que han vuelto a su camino nativo, ya sea el Ásatrú u otra expresión de la religión nativa europea, y el Pueblo Externo, formado por aquellos europeos que no lo han hecho. Debemos cuidar y engrandecer el Pueblo Interno, pero no perder jamás de vista que el Pueblo Externo también es parte de nuestro Pueblo. Que son nuestros hermanos, aunque sean cristianos, agnósticos, ateos… y en muchos casos, aunque se digan cristianos o sin religión, actúan y piensan de acuerdo a los valores nativos de nuestra Tradición en su vida cotidiana. Muchos europeos que se consideran cristianos lo son por herencia familiar o porque nunca se han cuestionado la espiritualidad en la que han sido criados, pero en su manera de ser y actuar respetan las Nueve Nobles Virtudes mucho más que algunos que se consideran a sí mismos odinistas.

  Todas las fiestas cristianas son fiestas con un origen muy anterior a la cristianización de Europa, por lo que si nuestra familia las celebra en el fondo está celebrando lo mismo que celebraban nuestros antepasados (los ciclos naturales, honrando a los difuntos…) aunque llamen a la fiesta con el nombre cristiano. Esto quiere decir que no hay ningún problema en celebrar en familia Yule, aunque tu familia la llame “Navidad”, o celebrar la Noche de Invierno, aunque para tu familia sea “el Día de los Difuntos”, etcétera. Eso sí, no está de más nunca explicarle a la gente cuál es el origen de las fiestas que celebra y potenciar así nuestra Tradición milenaria, haciéndoles ver que lo que ellos consideran “tradicional” se remonta a los últimos siglos de cristianismo, pero que tiene un origen mucho más antiguo y que este fue desvirtuado.

  Muchos ateos o agnósticos lo son por desencanto con la espiritualidad monoteísta y abrahámica que han conocido o por desafección hacia las instituciones cristianas en las que se han educado o a las propias Iglesias cristianas. Otros se mantienen cristianos por tradición, olvidando que su tradición va más allá de los últimos dos mil años. Otros se refugian en ideologías salvíficas y cambian el concepto de Dios por la adoración materialista de “los Mercados”, “la Nación”, divinizada por el liberalismo y luego por el fascismo, o “la Clase Obrera”, divinizada por el marxismo. Estas personas en muchos casos sienten curiosidad por la Vieja Religión cuando la conocen y se ven atraídos por ella. No debemos caer en la actitud proselitista a la que nos tienen acostumbrados las religiones universalistas, no tenemos que convencerlos o tratar de atraerlos a nuestra fe. Lo que si podemos hacer es informarles si ellos preguntan, tratar de guiarles si acuden a nosotros, pero seguir un camino espiritual ha de salir del corazón de cada persona y no debe ser inducido por nadie.

  En definitiva, podemos criticar las creencias o ideologías pero siempre respetando a las personas que las profesan en tanto en cuanto ellos nos respeten a nosotros. No obstante hay que centrarse en construir lo propio más que en destruir lo ajeno. El tiempo que empleamos en pensar en los otros es tiempo que estamos dejando de emplear en crecer nosotros espiritualmente y como personas, en que crezca nuestro Pueblo Interno y en recuperar nuestra Tradición. En muchos casos yo me he dejado llevar por esa rabia, esa beligerancia hacia otros, pero lo cierto es que es un error y que actuando de esa manera desperdiciamos energías que bien podemos emplear para construir nuestra fe. Ásatrú no es odio contra nadie, es amor por nuestras raíces.


Portugal es España

Escrito por renacimientogotico 10-10-2015 en Política y Sociedad. Comentarios (0)

“Nem uma só vez se achará em nossos escritores a palavra «espanhol» designando exclusivamente ao habitante da Península não português. Enquanto Castela esteve separada do Aragão e já muito depois que unida, nós e as demais nações da Espanha, Aragoneses, Castelhanos, Portugueses, todos éramos, por estranhos e próprios, comumente chamados «espanhóis» assim como ainda hoje chamamos «alemão» ao Prussiano, Saxão, Hannoveriano, Austríaco: assim como o Napolitano, o Milanês, o Veneziano e o Piamontês recebem indistintamente o nome de Italianos. A perda de nossa independência política depois da jornada de Alcazarquivir, deu o título de reyes das Espanhas aos de Castela e o Aragão, título que conservaram ainda depois da gloriosa restauração de 1640. Mas espanhóis somos, de espanhóis nos devemos apreciar todos os que habitamos à Península Ibérica: Castelhanos nunca”

Estas palabras del escritor portugués Almeida Garret, en pleno siglo XIX, reflejan muy bien a lo que yo me quiero referir en esta entrada. La traducción al castellano es la siguiente:

“Ni una sola vez se hallará en nuestros escritores la palabra «español» designando exclusivamente al habitante de la Península no portugués. Mientras Castilla estuvo separada de Aragón y ya mucho después de unida, nosotros y las demás naciones de España, aragoneses, castellanos, portugueses, todos éramos, por extraños y propios, comúnmente llamados «españoles» así como aún hoy llamamos «alemán» al prusiano, sajón, hannoveriano, austríaco: así como el napolitano, el milanés, el veneciano y el piamontés reciben indistintamente el nombre de italianos. La pérdida de nuestra independencia política después de la jornada de Alcazarquivir, dio el título de reyes de las Españas a los de Castilla y Aragón, título que conservaron aún después de la gloriosa restauración de 1640. Pero españoles somos, de españoles nos debemos preciar todos los que habitamos la Península Ibérica: castellanos nunca”

En la actualidad usamos la palabra España para referirnos al Reino de España, es decir, al Estado español, condicionados por el nacionalismo de Estado surgido con el liberalismo. Pero lo cierto es que España o las Españas es un término que siempre ha hecho referencia a la Península Ibérica con independencia de las divisiones políticas que esta tuviera. España es un ámbito cultural común, por encima de las fronteras estatales que son cambiantes a lo largo de la historia. Debemos alejarnos de esa visión centralista y homogeneizadora de considerar España como un todo y de identificarla simplemente con el territorio que está bajo la jurisdicción de un Estado.


Una Historia y Geografía Comunes

El nacionalismo suele verse muy bien reflejado en el deporte y en los mapas del tiempo. Por eso si uno sintoniza la TV3 el mapa del tiempo muestra los Paisos Catalans, si sintoniza la ETB el mapa del tiempo muestra Euskal Herria… y si sintoniza cualquier televisión de ámbito estatal, el tiempo que se muestra es el del territorio bajo jurisdicción del Estado español, llegándose al absurdo de arrastrar a las Islas Canarias con un recuadro para que aparezcan… pero sin embargo sombrear Portugal. Lo cierto es que la Península Ibérica, delimitada por los Pirineos y rodeada por el océano Atlántico y el mar Mediterráneo, constituye un mismo espacio geográfico y no tiene ningún sentido hacer esta división política.

De todas las asignaturas que se imparten en la enseñanza obligatoria (en la que el Estado pretende nacionalizar a la población y reproducir la lógica del sistema) quizás la más manipulada de todas sea Ciencias Sociales. La Geografía y la Historia han sido siempre las materias más manipuladas para justificar el presente. Por esa razón se estudia Historia de España comprendiendo sólo el territorio del Estado español, o la historia de cada Comunidad Autónoma, aunque algunas sean tan artificiales como la Comunidad de Madrid. El objetivo de todo nacionalismo es tratar de presentar la nación que dice defender como lo más antigua posible, para justificar proyectos políticos del presente en base al pasado. Pero lo cierto es que si lo miramos con objetividad, la Historia de Portugal ha ido siempre de la mano con la Historia del resto de España.

En la Antigüedad, el territorio de lo que hoy es Portugal estaba poblado por tribus celtas, galaicos en el norte y lusitanos en el sur… tribus que se extendían más allá de las actuales fronteras, pues la Gallæcia abarcaba la actual Galicia y el norte de Portugal y la Lusitania comprendía la mayor parte de Extremadura. Tenemos pues el mismo sustrato indígena y fuimos romanizados a la vez. La provincia romana de Hispania comprendía a toda la Península Ibérica y las Islas Baleares, es por eso que prefiero usar la palabra España (derivada de Hispania) para referirme a la Península en lugar de Iberia, puesto que los pueblos ibéricos ocupaban sólo una parte de la misma y, precisamente, la parte que hoy ocupa Portugal era una zona celta. Viriato, considerado héroe nacional en España, era precisamente lusitano.

En la Edad Media el Reino suevo ocupaba el territorio de la Gallæcia, es decir, actual norte de Portugal y Galicia, y el Reino visigodo ocupó toda la Península Ibérica. Lo que hoy es Portugal, que aún no existía como tal (como no existía Castilla, Cataluña, Aragón…) fue parte de la Hispania Gothorum igual que el resto del territorio peninsular. La Iglesia Católica en Hispania era la misma, tanto es así que el Arzobispo de Braga tenía, como el de Tarragona, la distinción de Primado de las Españas, que aún conserva a día de hoy.

Cuando empezó la Reconquista fue cuando se configuraron las diferentes etnias y naciones que hoy forman España, entre ellas Portugal. El condado portucalense, perteneciente al Reino de León, se convirtió en el Reino de Portugal con Alfonso I, dentro del contexto de las luchas feudales y repartos de las herencias propios del Medievo. No sería muy diferente, por ejemplo, a la separación del condado de Castilla del Reino de León, del condado de Aragón del Reino de Pamplona, o de los condados catalanes con respecto al Reino de los francos. Sin embargo la historia del Reino de Portugal fue paralela a la de los demás reinos hispánicos, se extendió al sur a costa del moro y participó en la Reconquista de la misma forma que los demás. Los portugueses combatieron en la decisiva batalla de las Navas de Tolosa, en la que el rey de Castilla Alfonso VIII arengó a todas las tropas de esta manera:

“Amigos, todos nosotros somos españoles, y los moros han entrado en nuestra tierra por la fuerza y nos la han conquistado, y los cristianos en esa ocasión estuvieron punto de ser exiliados y expulsados de ella”

Portugal estuvo presente en las políticas de alianzas matrimoniales de la dinastía Trastámara y en el proyecto de unificación peninsular. Cuando se produjo la unión de Castilla y Aragón, el rey Juan II de Portugal se quejaba de que fueran llamados reyes de las Españas los Reyes Católicos cuando él también era rey de España. Esta queja estuvo muy presente, incluso en el Tratado de Utrecht, cuando los portugueses protestaron porque se llamase Rey de España a Felipe V cuando no era rey de toda ella.

En la Modernidad nuestros caminos fueron aún más de la mano que en el Medievo. Ambos llegamos al Nuevo Mundo a la vez y levantamos en él un Imperio colonial llegando a producirse en 1580 la Unión Ibérica con Felipe II (que es Felipe I de Portugal), la cual no se rompería hasta la crisis de la Monarquía Hispánica en 1640. En los siglos XVI y XVII los navíos de la Casa de Austria enarbolaron la misma bandera, que bien podría emplearse como bandera nacional en caso de una feliz reunificación peninsular.

Incluso en el siglo XVIII, después de la separación política, los portugueses se consideraban a sí mismos y eran considerados por los extranjeros como españoles. Fue a raíz de la instauración de la nefasta Casa de Borbón en España cuando las diferencias empezaron a acusarse y se comenzó a implantar una homogenización sobre los territorios peninsulares que rompía la diversidad que siempre habían tenido. Se acabó con los fueros de la Corona de Aragón, se comenzó a llamar español a la lengua castellana y denostar a las otras lenguas españolas… pero incluso después de eso, los portugueses siguieron considerándose españoles y los intentos de reunificar la Península Ibérica fueron varios en los siglos XIX y XX.

Si en la Edad Media nuestra historia prácticamente no se puede dividir, en la Modernidad fuimos de la mano… esta dinámica no se rompe con la entrada en los tiempos contemporáneos. España y Portugal combatieron juntas a Napoleón y la Constitución de 1812 fue invocada en 1820 por los liberales portugueses, que usaban el ¡viva la Pepa! como un grito revolucionario. La independencia de las colonias americanas se produjo prácticamente a la vez y las luchas entre liberales y absolutistas fueron también paralelas (carlistas en España y miguelistas en Portugal). Cuando fue derrocada Isabel II, una de las opciones (boicoteada por otras potencias europeas, que veían con miedo la unión ibérica) fue darle la corona al rey de Portugal. El iberismo sería defendido por personas tan dispares como Emilio Castelar, Antonio Cánovas del Castillo, Juan Prim, Joan Maragall, Francisco Pi y Margall, Miguel de Unamuno, Ramiro de Maeztu, Francesc Cambó, Enric Prat de la Riba, Alfonso Castelao o Ramiro Ledesma Ramos a un lado de la Raya, y por Teófilo Braga, José Saramago, Oliveira Martins o Teixeira de Pascoaes entre otros, al otro lado de la raya.

En el siglo XX ambos fuimos neutrales en las dos Guerras Mundiales, acabamos con la monarquía casi a la vez (Portugal en 1910 y nosotros en 1931), sufrimos la dictadura de Salazar y Franco, de la que salimos también casi a la vez (ellos 1974 y nosotros 1975). Para el anarquismo no ha habido históricamente diferencias entre Portugal y el resto de España, como quedó demostrado en 1927 con la fundación de la Federación Anarquista Ibérica. Perdimos las últimas colonias en África también casi al mismo tiempo: Angola, Mozambique, Guinea, el Rif o el Sáhara, aunque de diferente manera. También entramos en la Unión Europea de la mano en 1986.

Lo que Ganaríamos Unidos

  En una época en la que lo que predomina es el separatismo, yo creo que la unión hace la fuerza. Una Península Ibérica unida en su diversidad nos aportaría mucho a todos, pero es esencial que dicha unión se produzca de manera correcta. Tal cosa es imposible que ocurra en la actualidad, en el marco de los Estados, pues lo que podría acabar pasando es que se convertiría Portugal en una colonia, lo cual evidentemente no aceptarían los portugueses ni es deseable para nadie. El mayor obstáculo para que la unión se produzca es precisamente el nacionalismo español de Estado. La mentalidad centralista y homogeneizadora que desde la llegada de los Borbones se implantó en España y que se agudizó aún más con el Estado liberal. Pero lo cierto es que Portugal, desde su separación de España, ha sido prácticamente un protectorado británico. En el contexto de las luchas entre el Imperio Español y el Imperio Británico, los portugueses fueron una pieza más en el tablero geopolítico, como lo fueron las colonias americanas.

  El problema como digo está más en este lado de la Raya que en Portugal. Vivimos totalmente de espaldas a ellos y eso debería cambiar si queremos la unidad. En Portugal es bastante común que aparezcan noticias de España en las noticias, aquí no nos acordamos de Portugal salvo cuando ocurre algo significativo allí. El portugués es una de las lenguas más habladas del mundo, que sin embargo en el resto de España obviamos totalmente mientras que ellos sí conocen el castellano. Portugal se separó definitivamente como condado de Castilla en época de Alfonso VI, razón por la cual el miedo a ser castellanizados ha estado siempre muy presente. En vista de que, desde el siglo XVIII, la visión de España ha sido tan castellanista por parte del poder central, es lógico que se ese miedo se acentúe. Esa visión de España centralista, castellana y homogeneizadora es la que ha provocado, entre otras cosas, la desafección de muchos catalanes y vascos… y lo que impide a día de hoy la unión con Portugal. Sólo cambiando esa visión de España, haciéndola plural, será posible un día la unión peninsular con la que tanto ganaríamos todos.